Sunday, October 3, 2010

Trozos interesantes del las novelas

Se me olvidó Nada en mi oficina, entonces, escribiré de esa novela mañana.


Los hijos muertos
Páginas 231-232

Había roto la carta.  Durante mucho tiempo la llevó junto al corazón, en muchos dobleces, caliente siempre a su pecho, amarillenta, sucia y arrollada por los bordes.  Creía que nunca la iba a romper.  Pero sí: un día, la rompió.  No tenia objeto.  Ella había muerto.  Esto era lo cierto.  Esto era lo que no se podía remediar ni dulcificar.  Ni olvidar, tampoco.  Rompió la carta y la arrojó.  Ni siquiera sintió dolor.  Las mujeres amargadas, tristes, las mujeres como aquélla, daban las malas noticias. <<Escriben de los muertos, de los desastres de la guerra, do los huidos y de los enfermos. >> La mujer aquella cuidó a Verónica, porque tenía en el frente a su hombre y ella era una mujer sin hijos y sin marido, una mujer humillada y fea, sin padres, sin infancia, sin hermanos: una mujer de odio.  <<Tal vez es mejor que Verónica muriera.  Tal vez fue así mejor.  Quién sabe si Verónica sería hoy una mujer como la otra: de las malas noticias, del resentimiento, del hambre. >>

María y Verónica, por las noches, se unían y oían la radio, se traían víveres una a la otra.  Porque María era una mujer de venganza y de fe.  <<Estamos esperando un hijo>>, le diría Verónica.  También el odio, el hambre, la tristeza, tienen fe. 


Entre Visillos
Páginas 36-37

Salí al patio, bordeé la tapia,  llegué de nuevo al puente del ferrocarril.  Allí me detuve.  Los muros de aquel puente eran de cemento deteriorado, no mucho más bajos que yo.  Apoyé la barbilla en el borde.  Vi las traseras de las casas que daban a la vía, en lo alto de un terraplén escurridizo, las ventanas abiertas encendidas.  Ventanas de cocina.  Prepararían la cena.  Era un barrio de casas pobres.  Por las ventanas salían voces agudas,  de mujer.  Fui siguiendo las vías rectas y solas hasta que se me perdían de vista, juntándose allá en el campo.  El campo adivinaba desdibujado, bajo las nubes oscuras que todavía no se habían fundido con la noche.  Oí acercarse un tren.  Me lo sentí llegar vertiginosamente por la espalda, y me quedé muy quieto esperándolo.  Luego lo vi aparecer debajo de mí y alejarse estruendosamente con sus vagones retemblantes y me escupió a la cara una bocanada de humo denso y rojo.  Cerré los ojos.  Todo el puente se había quedado retumbando.  Cuando los abrí, el tren ya iba muy lejos con la luz encarnada.


 
Nada
Páginas 178-179

Juan entró por la calle del Conde del Asalto, hormigueante de gente de luz a aquella hora.  Me di cuenta de que esto era el principio del barrio chino.  <<El brillo del diablo>>, de que me había hablado Angustias, aparecía empobrecido y chillón, en una gran abundancia de carteles con retratos de bailarinas y bailadores.  Parecían las puertas de los cabarets con atracciones barracas de feria.  La música aturdía en oleadas agrias, saliendo de todas partes, mezclándose y desarmonizando.  Pasando de prisa entre una ola humana que a veces me desesperaba porque me impedía ver a Juan, me llegó el recuerdo vivísimo de un carnaval que había visto cuando pequeña.  La gente, en verdad, era grotesca: un hombre pasó a mi lado con los ojos cargados de rímel bajo un sombrero ancho.  Sus mejillas estaban sonrosadas.  Todo el mundo me parecía disfrazado con mal gusto y me rozaba el ruido y el olor a vino.  Ni siquiera estaba asustada, como aquel dia en que, encogida junto a la falda de mi madre, escuche las carcajadas y las ridículas contorsiones de las mascaras.  Todo aquello no era más que un marco de pesadilla, irreal como todo lo externo a mi persecución. 
Perdí de vista a Juan y me quedé aterrada.  Alguien me empujó.  Levanté los ojos y vi en el fondo de la calla la montaña de Montjuich envuelta, con sus jardines, en la pureza de la noche…

3 comments:

  1. Hola Erik,
    ¿tiene un trozo de Nada también?

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  2. Los trozos son interesantes :)...me gusta el de Entre Visillos.

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  3. Me gusta mucho tu trozo de Los Hijos Muertos.

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